"Con su trabajo el hombre ha de
procurarse el pan cotidiano, contribuir al continuo progreso de las ciencias y
de la técnica y, sobre todo, a la incesante elevación cultural y moral de la
sociedad en la que vive en comunidad de hermanos" (Laborem Exercens, 1).
Con estas
palabras subraya el Papa Juan Pablo II, la importancia primordial del trabajo y
nos enseña que el sujeto, el autor y el verdadero fin del trabajo -y de todo el
proceso productivo- es la persona humana vitalmente involucrada en el mismo.
Todo hombre trabaja para vivir. No sólo para satisfacer sus necesidades
materiales, también para cumplir el mandato divino de "dominar la tierra" y hacerla producir todo lo necesario
para su desarrollo y crecimiento, para "llenar
su existencia sobre la tierra".
El trabajo
ofrece a cada hombre la oportunidad de crecer, desarrollar todas sus
capacidades congénitas, realizarse como persona y ser cada día "más plenamente hombre". Así
perfecciona su humanidad y mantiene el predominio y superioridad efectiva que
debe ejercer sobre las cosas, en coherencia con el plan divino.
1.
Valor y Nobleza del Trabajo
El trabajo
no es un hecho accesorio ni menos una maldición divina: es el eje en torno al
cual gira la organización y el progreso de la humanidad. Por eso es un derecho
humano fundamental que traduce otro más vital. el derecho a subsistir.
Dios
confía al hombre la responsabilidad de labrar su propio destino mediante su
esfuerzo personal. El primer fundamento del valor del trabajo es el hombre
mismo, coautor de la obra divina de la creación que debe completar y
perfeccionar. La creación es una tarea que Dios ha querido dejar inconclusa
para que cada hombre preste su colaboración y comprometa su participación
complementándola en su propio beneficio y de la humanidad. En este sentido
-dice el Papa- "el trabajo no sólo
expresa la dignidad del hombre sino que la aumenta".
Por eso el
valor del trabajo humano no se mide por el tipo de actividad de cada uno
(carpintero, profesional, campesino...), sino por el hecho de ser persona quien
lo ejecuta. Entre todas las criaturas, sólo el hombre es capaz de trabajar de
manera "programada y racional",
en forma "consciente y libre".
Con su trabajo humaniza y ennoblece a la naturaleza, modelándola de acuerdo a
sus intereses primordiales, en directa relación con su desarrollo y
autopromoción integral.
2. El
Trabajo, clave de la cuestión social
El trabajo
no sólo posibilita el desarrollo individual del hombre y su crecimiento en
humanidad. Ocupa el centro mismo de la cuestión social, porque está encaminado
a "hacer la vida humana más
humana". Al respecto señala la II Instrucción del Vaticano: "La solución para la mayor parte de los
gravísimos problemas de la miseria se encuentra en la promoción de una verdadera
civilización del trabajo", porque la "relación entre la persona humana y el trabajo es radical y
vital", y la forma como sea regulada "ejercerá una influencia positiva para la solución de un conjunto
de problemas sociales y políticos que se plantean en cada pueblo".
El trabajo
es el fundamento para construir y satisfacer todas las exigencias de la vida
familiar. Incrementa el bien común de la nación y multiplica el patrimonio de
toda la familia humana. El hombre que trabaja asegura el futuro de aquellos que
vendrán después. Toda la inmensidad de recursos brutos puestos a disposición
del hombre, de nada servirían si éste no los explotara y multiplicara mediante
su trabajo.
Por otra
parte, la falta de trabajo o desempleo es el origen del descontento y frustración
personal y de la inestabilidad social donde germinan y brotan innumerables
conflictos.
3.
Plaga de la Desocupación
Si el
trabajo dignifica, el desempleo envilece. El cesante se siente un lastre inútil
y despreciable, sociológica y vitalmente castrado al no poder ejercer un
derecho indispensable para su realización plena. "La inactividad forzada es una situación inicua -dice el Papa-, es un mal y, cuando asume ciertas
dimensiones, puede convertirse en una verdadera calamidad social. Cuando una
sociedad debe afrontar un fenómeno así, está obligada a preguntarse sobre su
propio estado de salud". Por ser intolerable la situación del cesante,
urge crear puestos de trabajo como una tarea primordial que han de afrontar los
individuos, la iniciativa privada y el Estado. En los tiempos difíciles que
corremos, "no se puede abandonar a
su suerte a los obreros sobre todo a los que como los pobres, sólo tienen sus
brazos para mantenerse". Por otra parte, la solución del problema del
empleo no debe estar entregada al libre juego del mercado, porque el trabajo no
es una simple mercancía que se vende según la ley de oferta y la demanda.
4.
Prioridad del Trabajo Humano.
El hombre
que trabaja no sólo desea la debida y justa remuneración, sino también que se le
respete y sea tomado en cuenta en el proceso de producción. No desea sentirse "cosa" o simple instrumento,
sino una verdadera persona dotada de iniciativa y creatividad. El trabajo no
mira sólo el provecho económico sino, sobre todo, a los valores personales y
sociales.
La
prioridad del trabajo sobre el capital convierte en un deber de justicia para
los empresarios anteponer el bien de los trabajadores al aumento de ganancias,
no manteniendo capitales improductivos y orientando sus inversiones hacia el
bien común y a la creación de fuentes de trabajo.
Por otra
parte, frente a las "cosas",
la persona humana debe actuar siempre como "señor",
jamás como esclavo. Por eso la técnica, creada por el cerebro humano, es una
aliada del hombre y debe permanecer bajo su control: le facilita el trabajo, lo
perfecciona, lo acelera, lo multiplica. Pero podría transformarse en adversaria
cuando la mecanización del trabajo lo suplanta, quitándole toda satisfacción
personal y el estímulo de la creatividad y responsabilidad. Para que la máquina
no esclavice ni aplaste a su constructor, es indispensable un desarrollo
proporcional de la moral de la ética.
5. El
Derecho del Trabajo
Todas estas
consecuencias que se derivan del ejercicio del trabajo humano fundamentan el derecho
de todo hombre a tener un trabajo adecuado, remunerado con justicia, sin el
cual quedaría prácticamente paralizado el progreso de la humanidad y frustrado
el plan de Dios sobre el hombre. Este derecho fundamental está positiva y
oficialmente reconocido en el Art. 23 de la Declaración Universal de los
Derechos Humanos: "Toda persona
tiene derecho a tener un trabajo, a la libre elección del mismo, a condiciones
equitativas de trabajo y a la protección contra el desempleo".
La Iglesia,
por su parte, al promover el respeto a los derechos de los trabajadores (la
participación, sindicalización, previsión, etc.,) advierte al Estado que "nunca puede eximirse de la
responsabilidad que le incumbe de mejorar con todo empeño las condiciones de
vida de los trabajadores" (M et M,20), pues "es obligación suya vigilar que los contratos de trabajo se
regulen con justicia y equidad". (Ibid.21)
6.
Espiritualidad del Trabajo Humano
El hombre
participa en el trabajo no sólo con su vigor físico, sino con toda la vitalidad
de su espíritu. Por eso el trabajo entra en los planes de Dios sobre la
salvación del mundo. Mediante su fatiga y sudor, el cristiano participa en la
obra del Dios Creador y del sacrificio del Cristo Redentor. La viva conciencia
de esta realidad constituye el móvil más profundo para emprenderlo.
Por otra parte, la casa de Nazaret es el corazón y el
vértice del Evangelio del trabajo. En ella la luz se proyecta más que sobre el
tipo del trabajo, sobre las personas que lo realizan. Resulta así evidente el
valor religioso del trabajo y, fundido en lo religioso, el valor humano.
Por último
-señala J. Pablo II- "el trabajo
debe ser una expresión del amor cristiano. Por eso, no puede ser privilegio de
algunos mientras la mayoría se consume en la inactividad. Para los que trabajan
no debe ser un acto de codicia ni búsqueda de un simple lucro, sino un servicio
solidario y desinteresado a una sociedad de hermanos..."
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