En nuestro bello e interminable proceso de desarrollo como seres de
energía, inteligencia y espirituales que somos, en donde vamos
descubriendo a través del entendimiento, que la vida siempre es buena,
abundante, generosa, bella, eterna e ilimitada, se nos van presentando
innumerables experiencias que conllevan aprendizaje; algunas claras,
otras apenas perceptibles y otras, por el momento imperceptibles a
nuestra mente debido a su nivel actual de desarrollo.
Generalmente aprendemos a través del ejemplo y de la repetición de lo
que vemos en nuestros modelos naturales, padres y maestros, sin
percatarnos que es posible que aquello que nos enseñan, como dice
Serrat, con la leche templada, con todo el amor y con la mejor
intención, no necesariamente es correcto, óptimo y ni siquiera
deseable. Sobre todo, cuando la gran mayoría de la gente coincide en
ciertos criterios, por el simple hecho de que por siglos y de
generación en generación se han venido transmitiendo dichos paradigmas
de una manera aparentemente natural y se han considerado adecuados.
Por razón natural de que la mente no acepta lo equivocado, los
procesos aprehendidos desembocan invariablemente en sufrimiento y
frustración. Ese es el caso desafortunadamente en muchas ocasiones del
Amor a la humana.

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